Motherhood

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Cuando los juguetes dejan de moverse y cae el sol, la noche se disfraza de día para convertirse en un gran momento. No me pregunten, pero hago de todo. Cosas mías, cosas de la casa. Es que mi día comienza de noche, gajes de la maternidad que una no puede evitar, pero sí aprender a disfrutar.

Las luces se apagan de a poco, camino en puntitas de pie y hablo “bajito”. Hago malabares para no hacer ningún tipo de ruido. Las situaciones cotidianas que te acostumbran a vivir para un otro entran en un estado de reposo absoluto para dejarme experimentar otro centro de gravedad. Ahora, todo lo que hago, lo hago para mí.

Cuando los juguetes dejan de moverse, corro desesperada a ser yo misma otra vez. Por primera vez en el día, dejo de hacer cosas para otra persona. La noche me devuelve lo que me quita el día: individualidad. Yo y nadie más que yo. Por unas horas, experimento un ego-centrismo positivo, reconfortante y reparador.

Placeres diurnos que experimento durante la noche: poner un lavarropas, ordenar el living, comer en la cama y ver una serie mientras escribo o preparo cosas del trabajo. Estoy cansada, muy cansada, pero lo último que quiero hacer es ir a dormir. Para mi reloj mental, es como si fueran las 11 de la mañana. El día, mi “día”, recién comienza.

Voy a confesar que una parte de mí extraña un poco el ruido y el caos, los llantos y las risas, esa casa llena de vida y juguetes en movimiento. Quizás, me gusta tanto el día como la noche, o el equilibrio entre ambos. Como suele decirse, la contraposición le da sentido a las cosas: me gustan tanto mis noches porque existe ese día con él, agotador e intenso, pero que me hace llegar plena y feliz.

La noche se la “debo” al día tanto como mi capacidad de disfrute a la maternidad, esa experiencia revolucionaria que te enseña a convertir lo simple, chiquito y cotidiano, en un gran momento. Una noche cualquiera en un gran día.


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