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juanMuchos me preguntaron por Lexington, la ciudad donde vivo. No voy a hablar sobre turismo, tampoco sobre geografía. De lo que les voy a hablar es de una “pasión”. De “multitudes”, por cierto. No es algo que a uno se le da todos los días, por eso lo voy a contar. Veo “pasión” en el lugar donde vivo.

Lexington, la segunda ciudad más poblada de Kentucky, es conocida como la “capital mundial del caballo”. Todo gira en torno a este animal (que es mucho más que un animal), es el símbolo de la ciudad y un ritual social por antonomasia. Forma parte de la cultura del pueblo, de su folclore, de su identidad.

Acá suena bluegrass y se toma bourbon mientras se habla del próximo Derby, la carrera de caballos más importante del mundo y los dos minutos más excitantes del deporte. Ahí mismo, la tradición popular hace su gran despliegue. Las mujeres se ponen sus mejores vestidos y los sombreros más extravagantes (algunos, hasta pueden tener algún símbolo del universo equino). Los hombres, de saco y corbata, se agrupan para hablar de los “favoritos” de la competencia. La ciudad está de fiesta, lista para liberar esa pulsión y yo nosé qué es más importante, si aquellos dos minutos o lo que pasa antes (y después).

Salchichas picantes, soft pretzels y cerveza. Todos ríen, comen y bailan mientras jinetes y caballos demuestran sus habilidades en la pista. Hay hinchada, hay canciones y arenga. Es una “pasión de multitudes” que reúne a grandes y a chicos, sin importar la clase social. Carreras, salto, polo, dressage, pole bending, carrera de tambores, reining. Alrededor de cada deporte hay toda una especie de folclore que le da identidad y que lo hace aún más especial. Incluso la industria se convierte en una parafernalia de símbolos. Cupcakes de caballos, cookies de caballos, remeras de caballos, medias de caballos, globos de caballos y hasta almohadas de caballos. Exagerado, pero me encanta. Es como que la ciudad vive de “fiesta” y hoy entiendo la razón: porque no puede soltar su pasión.

Hace unos días vengo pensando en esto de las “pasiones”. Por eso, fui directo al diccionario para buscar su significado. PASIÓN. (Del lat. Patior: sufrir o sentir). Pasión es “padecer”, pero veamos su connotación positiva. Padecer un gusto, un hobby, una virtud. Estar “atado” o conectado de una manera muy fuerte a algo o a alguien. Algunos tardan un poco en encontrarlo y otros lo enganchan enseguida. Pero, tarde o temprano, todos nos conectamos con aquella “pasión”, ese impulso que sale bien de adentro y que uno no puede controlar.

Cómo disfruto ver a alguien “apasionado”. Alguien que se puede pasar horas haciendo una misma cosa, alguien que disfruta y se siente pleno por eso que sabe o hace. Lo vi por primera vez en mi papá. Su pasión por la medicina, por sus pacientes, por ayudar y dedicarse a los “otros”. Horas y horas de guardia, de consultorios o días de salir corriendo en plena madrugada para ayudar a alguien y volver con una sonrisa (de oreja a oreja) por haberlo conseguido. Eso es pasión, eso es estar atado a un impulso que viene muy de adentro y que uno no puede soltar.

Hoy veo pasión en mi marido, en sus horas de estudio y en la felicidad que tiene cuando se levanta todos los días (aunque sea de noche) para ir por lo que le apasiona. También lo veo en mi propio hijo y cómo va descubriendo, de a poco, ese impulso interno. También disfruto que ellos me vean soltando mis propias pulsiones. No les voy a mentir, me costó mucho dar el salto y retomar lo que siempre me había “apasionado”. Pero, como dice mi mamá, en algún momento siempre volvemos a nuestra esencia y ahí está la clave de todo.

“El tipo puede cambiar de todo. De cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios. Pero hay una cosa que no puede cambiar, Benjamín. No puede cambiar de pasión”. Nunca voy a olvidar esta escena (reveladora) de “El secreto de sus ojos”.  Desde mi papá hasta mi propio hijo. Desde el jinete emocionado hasta el niño que lleva con orgullo la bandera de su caballo preferido (por más que haya salido último). Las pasiones son exageradas, se padecen, se sufren, se sienten. Y de eso (por suerte) no hay vuelta atrás.

Hasta el próximo post!

colo y juan


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