LifeStyle

Muchos me preguntaron por Lexington, la ciudad donde vivo. No voy a hablar sobre turismo, historia o tipo de geografía. De lo que les voy a hablar es de una “pasión”.

No es algo que a uno se le da todos los días: veo “pasión” en este lugar. Conocida como la “capital mundial del caballo”, todo gira en torno a este animal (que es mucho más que un animal). Es el símbolo de la ciudad y un ritual social por antonomasia. Es una “pasión de multitudes”.

Carreras, salto, polo, dressage, pole bending, carrera de tambores, reining. Alrededor de cada deporte hay toda una especie de folclore que le da identidad y que lo hace aún más especial. Incluso la industria se convierte en una parafernalia de símbolos. Cupcakes de caballos, cookies de caballos, remeras de caballos, globos de caballos y hasta almohadas de caballos. Exagerado, pero me encanta. Es como que la ciudad vive de “fiesta” y hoy entiendo la razón: porque no puede soltar su pasión.

Hace unos días vengo pensando en esto de las “pasiones”. Lo vi por primera vez en mi papá. Su pasión por la medicina, por ayudar y dedicarse a los “otros”. Hoy veo pasión en mi marido, en sus horas de estudio y en la felicidad que tiene cuando se levanta todos los días (aunque sea de noche) para ir por lo que le apasiona. También lo veo en mi propio hijo y cómo va descubriendo, de a poco, ese impulso interno. Algunos tardan un poco en encontrarlo y otros lo enganchan enseguida. Pero, como dice mi mamá, en algún momento siempre volvemos a nuestra esencia, a nuestra “pasión” y ahí está la clave de todo.

“El tipo puede cambiar de todo. De cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios. Pero hay una cosa que no puede cambiar, Benjamín. No puede cambiar de pasión”. Nunca voy a olvidar esta escena (reveladora) de “El secreto de sus ojos”. Desde mi papá hasta mi propio hijo. Desde el jinete emocionado hasta el niño que lleva con orgullo la bandera de su caballo preferido (por más que haya salido último). Las pasiones son exageradas, se padecen, se sufren, se sienten. Y de eso, por suerte, no hay vuelta atrás.


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